¿Por qué algunas personas tienen magnetismo?

Siempre he sentido fascinación por las personas auténticas, que se muestran tal y como son, desacomplejadamente. Destilan honestidad. Me parece una cualidad magnética, que a los que tenemos la suerte de entrar en contacto con estos seres nos produce una sensación de estar delante de alguien de verdad, de confianza. Un alma que ha vivido mucho, y tiene sabiduría.

Mi abuela materna era así. Extremadamente discreta en su vida, pero magnánima en cada uno de sus gestos. Con eso me quedo. No hablaba más de la cuenta, no manipulaba ni se dejaba manipular. Daba sin esperar nada a cambio, y jamás la escuché una crítica hacia alguien o algo

Su ejemplo me inspiró enormemente y me ha ayudado a ponerle perspectiva a la vida, y, sobre todo, a mi ámbito profesional. ¿Y por qué ahí, especialmente? Pues por la relevancia que toman las palabras en la comunicación, el mundo en el que trabajo. A lo largo de los años he podido comprobar que éstas, sin esa pátina de sinceridad por parte de quien las pronuncia, sin una acción que las corrobore, son como una flor de mentira encima de las mesas de recibidor de antaño. Sólo adornos. Y yo veo muchos, muchos.

La eclosión de las redes sociales, los últimos años, está contribuyendo, sin duda alguna, a propagar el fuego del palabreo. Sé que en Chile existe otro término, más atinado, desde mi punto de vista: cantinflear (sí: ¡viene de Cantinflas!). Supongo que el vicio de prostituir a las palabras, y de hacerlo con nosotros mismos a través de ellas, en definitiva, es algo incrustado en nuestro ADN. Somos así, y eso nos delata, como seres humanos.

¿A qué le tenemos tanto miedo? Bueno, en realidad sé de qué va, esa respuesta. Es realmente difícil, atreverse a ser tal cual. Alinear lo que eres, aquello que sientes y lo que dices. Mostrarte, exponerte, y que te dé igual. Que el mundo reviente, y aguantar el tipo porque sabes que estás siendo honesta contigo, y también con los demás. ¿Qué acto más noble puedes hacer?

Creo que eso sólo se consigue si, habiendo llegado a cierto punto del camino, tienes la valentía y humildad de reconocer que, hasta ese momento, realmente nadie te estaba escuchando, cuando hablabas; sólo lo hacías tu. Es como estar en una habitación a oscuras, y, dejarle a la luz que irrumpa en tus ojos, que estalle, que los abra. Es dejar de pretender, de cantinflear, de palabrear, y, finalmente, arrodillarte porque has comprendido que tus palabras se desintegran en el aire, a no ser que contengan tu verdad, tu esencia. Ellas han de hablar de ti, y no tú de ellas.

Es un aprendizaje que lleva toda una vida, y las siguientes y más futuras que compartiremos. En cualquier caso, empieza en algún momento, y cuando das el primer paso al frente, ni vislumbras el hecho de retroceder. Conoces lo que había atrás: por muy bonitas que fueran las flores de ese jarrón de plástico, no desprendían absolutamente nada.

Internet no nos lo está poniendo fácil, para desmantelar nuestros egos henchidos. Me refiero especialmente a los de los autoproclamados “gurús” de la espiritualidad o del desarrollo personal, a quienes las redes están haciendo un flaco favor

Creo, sinceramente, que ser maestro o inspirar (y más aún en esos ámbitos, donde el público al que se dirigen son personas muy vulnerables, cuyo poder discernimiento es nulo, por el hecho de estar en esa situación) no es algo que pueda construirse a golpe de conseguir seguidores en Facebook o de posicionar tu método en las redes. No. Las personas que logran llegar, aquellas que no nos dejan indiferentes, aquellos que acaban siendo nuestros maestros improvisados de vida, tienen algo, un valor no tangible, como se dice ahora, que les nace de dentro. Y, sin ellos proponérselo, se te pega, se te pega como un chicle, que por mucho que te entestes en quitar de tu pantalón, siempre permanece ahí, ese circulillo.

Antònia, mi abuela, era así. Cuando era pequeña me preguntaba por qué en su casa siempre había alguien, a todas horas, y, muchas personas la buscaban para estar, sencillamente, a su lado. Gente de su círculo, gente que únicamente la habían visto una vez, gente que ni la conocía, gente diablilla, gente buena. Todos. Era como un faro, y no podía esconder su luz.

Ahora lo comprendo. Ese entendimiento me ha ido viniendo a trompicones, después de haberme dado un paseíllo por ese mercadillo espiritual (¡y material!) montado afuera. Me dedico a la comunicación desde más hace 20 años, y, ahora sé, que gran parte de mi decisión de escoger esta vía estuvo motivada por el hecho de descubrir la verdad detrás de la personalidad tan arrolladoramente magnética de mi abuela. Por eso y porque intuía un contraste abismal entre ella y el resto de adultos.

Recuerdo observar, desde muy pequeña, cómo mi cuerpo se estremecía cada vez que escuchaba a alguien contar algo que me sonaba a raro, cómo mi barriga se ponía para dentro, cuando una persona decía una cosa, pero a mí me llegaba otra. Eso, he aprendido, es el verdadero significado de la comunicación. No lo que hablamos o escribimos, sino la huella que imprime en nosotros, el pósito de intuición que esa forma de expresarnos deja en el fondo de un corazón

Hace poco, googleando sobre el concepto de la autenticidad, me topé con una escena de El Club de los poetas muertos. La he rescatado porque, desde mi punto de vista, es una de las que más bien ilustra el mensaje principal: “sé tú mismo”.

 

2 Comments

  • El ser íntegro o ser tú mismo, está implícito en el alma.
    Cuando el alma aparca en esta vida ( y además dentro de un envoltorio), aparca en una vida o sociedad, llena de reglas y normas que, ya desde el principio tiene que ir aprendiendo. Dependiendo de la madurez de esa alma, le llevará más o menos tiempo, en saber distinguir o alinear, esas normas o reglas, con su yo interior o alma. Por eso , a veces, estamos más de acuerdo con algo y en cambio en otras no. En estas que no, es cuando se impone la de ser íntegro o la alineación con tu alma. Hay personas que, ya desde que nacen, están alineadas con su alma; ellas son personas como tu abuela.

  • ¡Gracias, Manuela!
    Sí, ése para mí es el gran reto: ser quien soy, ni más ni menos. Hablas del papel de la sociedad y de cómo ésta se encarga de “ensuciarnos” (qué ironía, este juego de palabras ;). También mencionas la palabra aprender, y creo que la gracia de la vida está en desaprender, desenredar esta madeja tan compleja de los “debes de”, “has de”… para llegar al final del hilo y descubrirte realmente a ti. Ojalá los niños y niñas de las generaciones presentes y futuras ya tengan el camino más allanado, y no nos de tanta vergüenza hablar de ello. Ojalá podamos hacerlo algún día con discernimiento (hay un gran mercadillo espiritual montado ahí afuera) y ecuanimidad. Personalmente, para que eso sea posible no veo otra que ir hacia adentro a través de la meditación.
    ¡Un abrazo!
    Cristina.

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