Conciliar la espiritualidad con la vida

Meditar es el camino que te abre paso a tu poder interior, la confianza que poco a poco construyes en ti al descubrirte por dentro y expresar esa viveza afuera. Es como tener a un Sócrates particular y a todas horas, que te desmenuza y te confronta con la naturaleza de tu alma. Se puede practicar la espiritualidad y, al mismo tiempo, vivir en este mundo, porque esa es precisamente la fuente de energía para conectar con la auténtica plenitud y el gozo. Sólo yendo hacia ti puedes proyectarte.

Cuando empecé a integrar la meditación en mí día a día, hace unos 3 años, me acechó el miedo a que si seguía practicándola, me esperaba una vida en soledad, confinada a una cueva. De hecho, este pensamiento me turbó hasta el punto de convertirse, casi, casi, en una obsesión. Cavilaba cómo ir hacia adentro y, al mismo tiempo, no renunciar al gozo de afuera.

Los años me habían llevado al punto de haber vivido mucho (mucho de viajes, de relaciones, de personas, de historias, en definitiva), y, sin embargo, sentía que todo eso era solo una acumulación, una serie de algo después de algo, de uno tras otro. Pero de nada en concreto.

Cuanto más engrosaba mi memoria de hechos mayor se hacía el abismo entre ese pasado y el no presente. De tanto hacer, había olvidado que cada instante está lleno de un silencio que te habla de quién eres, en realidad. Y en realidad sólo eres, y ya está.

Así que a pesar del pavor a esa nada, seguí explorando ahí, en el mundo donde ni las palabras te definen ni tú naciste de nadie. Porque tú eres tú.

Han sido 3 años de una gran y feroz intensidad. Gracias a la meditación, estoy perdiendo el miedo al silencio, a dejar que el ruido repose y a desterrarme en mí misma.

Recuerdo mis primeras prácticas: a penas aguantaba cinco minutos y cualquier excusa era buena para abandonar. Unas veces me contaba que había tenido un mal día en el trabajo; otras que estaba agotada; que mis cervicales me estrujaban; que mañana era hoy porque mi mente debía estar planificando el día siguiente, muy ajetreado… Siempre había qués o demasiados por qués.

A veces caía dormida, otras parecía la Hormiga atómica, yendo velozmente de aquí para allá apagando los fuegos que mi cabeza no paraba de provocar. Mis pensamientos eran como flechas que tenía que esquivar, si quería salir viva de aquel campo de batalla en el que yo misma me había metido.

Y, otra vez, rendía cuentas a esa mente vaga y caprichosa que te seduce para convencerte de que hacer es avanzar. Así que aún meditando, mi actitud era esa: la acción. Poner toda mi energía en que una idea se desintegrara y no llegara al espacio de las emociones; que mi cerebro no explotara de tanto suponer; que mi razón no me ordenara; que aquello dejara de ocuparme ahora; lograr que esto quedara para después…

Hacía y hacía, y todo –pensaba- debía de suceder con rapidez. No obstante, adentrarte en meditación es todo lo contrario: avanzas cuando te alineas con la lentitud, con soltar, con no esperar que nada pase, con abrazar cada respiración como tu único presente.

Finalmente, llegó el día (en torno a los 2 años) en qué claudiqué y comencé a no querer ir deprisa, a aprender a estar allí y tratar sólo de ser. Y ese fue un cruce de caminos.

Una flecha señalaba en dirección a una vida en constante movimiento, donde tus pasos ordenan lo de antes y lo de después, pero quizás el último no te acerca a donde tú deseas ir. Otro cartel indica un sendero más transitado; muchos lo han recorrido y lo han allanado en su constante ir y venir. También puedes optar por otra ruta, mucho más arriesgada: la que te va a encaminar hacia algún punto, cuya distancia y recorrido no te es desvelada. Y esa es, sin duda, la que conduce a la introspección.

Meditar –como leía ayer en el Bhagavad-gītā, el libro sagrado de la India- es el camino del auténtico guerrero, y ahí reside el verdadero coraje. Una valentía que no tiene nada que ver con derrotar a un enemigo externo sino que consiste en reunir el valor para mirarse a uno mismo, en profundidad, y seguir explorándote.

“Los hombres hablan de coraje y buscan valores objetivos para afianzarse en su coraje. Pero el verdadero coraje consiste en afianzarte en ti mismo”, reza el texto sagrado

Ese fue mi hito. Dejé de pretender que la meditación me llevara a alguna parte, para ser parte de ella y fundirme en aquel vacío. Una cavidad que, irónicamente, era el único espacio en el que podía sentirme libre de mi misma. ¿Quién había sido yo hasta ahora?

Encontraba respuestas dependiendo del camino que había elegido en cada momento. Según si había tomado el que es el más concurrido; el que se desvía a la mitad o el que se corresponde con otro… Podía ser periodista, mujer, persona, ciudadana de un país u otro o de una nación, alumna, pareja, hija, vecina, un número de identificación, una usuaria, amiga, una historia clínica, una paciente, una clienta, una encuestada, una solicitante, del género y del sexo femenino, zurda, de un partido político o de otro, del viejo plan académico, del nuevo, de un distrito o barrio o del de más allá, de pueblo y a la vez de ciudad, de una clase social, con un estatus, con una cuenta IBAN… Una, varias o ninguna identidad a la vez. Pero eso no era lo que yo sentía.

Meditar es como tener a tu Sócrates particular encima, a todas horas, y que sus preguntas te agujereen la oreja con tanta verdad. Adentrarte en el silencio te confronta con la idea de ti misma, y, de forma muy sutil, esa va desmantelándose, como cuando los pétalos de una rosa caen, uno por uno, al llegar el verano. No hay nada que se resista, ni ningún pensamiento o concepto que persistan, si no pertenecen al reino de tu naturaleza.

La meditación te conecta con tu alma, y lo hace con la misma paciencia y ternura que las estaciones y los ciclos transcurren, germinando y madurando la vida en cada flor, árbol, criatura, hijo o hija que nace. Todo a su momento, y cada momento formando parte del todo.

Poco a poco vas descubriendo que no eres nada que se pueda ver, tocar o escuchar, aunque muchas veces crees que estás viva porque alguien o algo te hacen sentir o tú les percibes. Ese filósofo es implacable: llegas a comprender que el mundo material jamás puede definirte, ya que en esencia eres un alma.

Es complejo llegar a esta conclusión, y más aún si tu personalidad necesita ser alimentada contantemente de la mente y lo racional, como yo

No obstante, la vida te va despojando de ti, hasta arrodillarte un día y rendirte a saber que no controlas nada, que estás aquí por un motivo más elevado que el que busca responder a todas esas preguntas.

Así que cada día desvistes un poco más a ese personaje del que te habías disfrazado, y ya no te sacude tanto una palabra fuera de tono, y ya te atreves a decir “no” cuando no consientes, o asientes cuando deseas, o ríes cuando te llega, o dejas de mentir porque quieres que tu voz hable de verdad y comprendes (y eso quizás es lo que más me duele) que el reconocimiento no viene de allá, de ellos, de ellas, sino de ti, de estar en paz en esa cueva que hace 3 años veías tan negra. Y ahora ya sabes que puedes quedarte ahí, que no es recluirte, sino entregarte y fortalecerte como cuando la rosa se desprende de sus pétalos en verano, para renacer la siguiente primavera más ligera y renovada. Y eso es el gozo. Dejar ir, y florecer en cada minúscula muerte.

 

 

 

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