El liderazgo espiritual, el que “llega”

El agotamiento que muchas y muchos experimentan en sus lugares de trabajo, como ciudadanos de un país, como personas que a diario deben de lidiar con otras y con las organizaciones a las que éstas y ellas mismas pertenecen se debe, en gran parte, a una falta de liderazgo y que éste regrese a su auténtica connotación. ¿Y qué significa ser un líder, verdaderamente? Hace años, una trabajadora social que llevaba más de 3 décadas en la profesión me soltó: “líder no se es, es la gente que así te proclama”. Esas palabras golpearon fuerte en mi corazón, y comprendí que el liderazgo se emana y jamás puede ejercerse, aunque muchos y muchas lo intenten y se formen a consciencia para ello. El o la líder auténtico llega porque es magnético. Y serlo no es proponértelo. Más bien surge como la consecución de haber transitado el sinuoso camino del alma, hasta sacarle brillo e irradiar luz. El liderazgo es espiritual.

 

“Si deseas algo y no existe, créalo”. Éstas fueron las palabras que Santa Teresa de Ávila llevó como estandarte al aventurarse en la reforma de la orden del Carmelo. Fue una mujer emprendedora y genialmente creativa, que demostró su valentía al enfrentarse a la ortodoxia de la Iglesia y al abrir cerca de 20 conventos por toda España para retornar a una vida espiritual auténtica, desprovista de florituras.

El tesón y la fe fueron sus aliados ante la adversidad, y la protegieron de su mayor amenaza: la Inquisición. No obstante, su gran inspiración la encontró en una insondable fortaleza interior que logró transformar, como en la alquimia, en una energía arrolladora fuente de imaginación y capacidad para liderar.

Estas son cualidades que comparten muchos de los personajes históricos y que nos llevan a entrever que hace falta mucho más que talento y perseverancia para llevar a cabo un proyecto de envergadura. Es como si una pátina o halo magnético les envolviera y les bendijera en los frutos de sus obras. Sería acertado acuñarles el concepto de “liderazgo espiritual”.

Lo definiría como el arte de saber guiar a las personas que forman parte de un equipo de trabajo para que puedan materializar unas ideas en acciones concretas y para que, al mismo tiempo, lo hagan sintiendo que han aportado lo mejor de sí mismas y han sido reconocidas por ello. E incluso iría más allá: me atrevo a aseverar que su gesta recala a buen puerto porque en definitiva es también el plan del alma. Nacieron para “eso”.

Liderar desde una mirada espiritual significa enamorarse de cada paso que nos acerca a nuestro sueño, y entregarnos y ponernos al servicio de las personas que van a contribuir a que éste vea la luz. Lo que es adentro es afuera, postulan los budistas y muchas otras religiones y tradiciones espirituales. Todo ello nos recuerda que si en nuestro mundo interior albergamos belleza lo exterior también exhalará esta cualidad.

No podemos pretender crear algo magnánimo y transcendental si no cuidamos primero a la gente que participa de ese deseo

Gaudí fue un gran ejemplo de esta máxima: trataba a los que trabajaban con él como si fueran su familia. Les atendía en caso de enfermedad o si vivían penurias económicas, e incluso les permitía que se ganaran la vida fuera de la Sagrada Familia; era consciente de que con aquel único jornal no les llegaba.

Nelson Mandela también nos inspira a rescatar este valor originario del liderazgo. Al llegar a la presidencia de su país, tuvo que enfrentarse a un reto igual de difícil que el de instaurar la justicia y la igualdad: la reorganización de los departamentos del Gobierno desde la equidad y la reconciliación entre los ciudadanos. Así, quiso expresamente que en su equipo de seguridad trabajasen codo con codo los negros y los llamados afrikáners, que habían actuado en el Apertheid enjuiciando y matando a los primeros.

Toda una lección de humildad y de compasión, que en definitiva son las primeras cualidades de estos “dirigentes espirituales”. La misma integridad y coherencia que demostró como persona, le confirieron esa fuerza interna que abrasó tantos corazones y los abrió al perdón y a la libertad.

Y es que este liderazgo, al contrario del que se lleva practicando hasta ahora en la mayoría de organizaciones y empresas, sale del corazón y transmite más allá de las palabras y de los hechos. Habla sin hablar, porque al ser honestos y genuinos ya lo decimos todo.

El amor y la compasión son dos cualidades de los dirigentes espirituales

Parece que para llegar allí uno tenga que haber transitado antes por el sinuoso camino de purificar el alma, y rendirse al hecho de que en verdad todos somos uno, lo mismo, nacidos de una única fuente que es el vasto vientre del Universo de Dios.

Gandhi, otro icono de este tipo de liderazgo (o de “el liderazgo”, diría yo), también arroja mucha luz a esta cuestión: su lucha fue ampliamente secundada porque en el fondo él jamás tuvo miedo a perder, o dicho de otra forma: nunca pensó en ganar. Es preciso “soltar”, y abandonar el deseo de que las cosas salgan como a uno le gustaría.

Desapegarse y jamás mirar atrás. Gandhi lo consiguió y por eso emanaba una luz tan fuerte que ni la explosión de las bombas o el chasquido de las balas lograron apagar. Brilló hasta en su muerte y ese fulgor nos recuerda, todavía hoy, que la fuerza interior es nuestra auténtica libertad y que ésta nunca nos podrá ser arrebatada.

Todos estos líderes compartían la cualidad de “espirituales” porque en definitiva creaban y actuaban con el único objetivo de sublimar el ser humano y sus valores. Gaudí trascendió la belleza, Mandela y Gandhi los valores de la justicia y la igualdad, y todos coincidieron en ver muchos horizontes más allá de nuestro mundo y de sus capacidades.

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