¿Cómo llegué a Yogananda o cómo llegó el Maestro a mí?

El alma es quién nos lleva. Y, por mucho que a las mentes les fastidie, esa es una certeza que se vive. Como el pez que robas al agua y que patina y ves forcejear, hasta que te rindes y comprendes que es allí, y no en otro lugar, donde debe de estar.  Entiendes que ni tu ganas, ni tampoco él. Las cosas son así. No hay nada que controles. Duele. Pero también es fascinante, comprobar que esa chispa de luz de la que estamos hechos tiene mucha más fuerza que el trozo de carne que la cubre. Comprendí esta lección a los 33, tras tratar varias veces de que la vida no se escurriera entre mis dedos. Solté. Fue entonces cuando la ola de Paramahansa Yogananda me tragó.

 

Llega un momento en la vida en el que comprendes que la felicidad es seguir tu camino, atender a tus deseos más profundos. Esa revelación te lleva a otra evidencia que, como la anterior, sacude tu consciencia: solo escuchando a tu corazón, descubrirás cuáles son tus anhelos, y comprenderás que ahí, en ese enclave de ti, reside una fuerza invisible que nutre tu poder interior.

A veces ese cambio irrumpe en nuestras vidas por sorpresa, otras lo veíamos venir y en muy pocas ocasiones lo habremos provocado, tras darnos cuenta de que algo no funciona y de que es hora de mejorar. Es el momento de ir hacia adentro, muy abajo en el mar, y de claudicar ante la certeza de la fe.

Esa palabra ha de ser vivida, y sólo lo hacemos cuando el miedo es aplacado y nos entregamos a confiar. Aprendemos a sostenernos en terrenos movedizos, en los que se forja aquella fuerza intrínseca que acaba proclamando nuestra libertad. Una suerte de energía que le confiere a tu mente una claridad inimaginable, que va limpiando tu corazón de oscuridad, y que te sumerge más y más en un océano que ya no temes ahondar.

Recuerdo cuando llegué a ese aprendizaje, o cuando ese aprendizaje apareció en mi vida, azotándola como un vendaval. A los 33 años, un número cuyo significado se me ha ido desvelando y que habla de la completitud de los ciclos.

A los 33 años desperté a la espiritualidad, gracias a un viaje a India, donde escuché hablar, por primer vez, de Paramahansa Yogananda

El número 1 significa sondear el terreno: un trabajo, una relación de pareja o de amistad que hemos comenzado; la ciudad a la que nos hemos mudado, etc. Las primeras sensaciones que nos llegan, tras haber escogido un camino concreto. El 2 es el puente que une esas percepciones con la realidad: ¿Es ese sitio un lugar que tiene el potencial para aportarme la calidad de vida que quiero? ¿Esa persona nos brinda realmente su amistad? ¿Le profesamos el mismo sentimiento, o nos estamos autoengañando y no existe ningún lazo sincero entre nosotros? Y el 3 nos golpea con la contundencia de una verdad implacable: la voluntad de Dios. ¿Está realmente en mi destino vivir ahí? ¿Esa relación nos va a hacer evolucionar?

El 1, el 2 y el 3 son estadios por los que debemos transitar para completar un aprendizaje, una lección que nuestra alma se propuso para esta vida y que, si logramos integrar, nos va a permitir avanzar un peldaño más en el sendero espiritual.

Cuando estudiaba en la universidad, una de las compañeras de clase se solía burlar de mí cada vez que expresaba mi convencimiento de que a cada persona le corresponde un destino. Permití que esa experiencia me marcara y, poco a poco, dejé de expresarme con libertad acerca de esos temas. No obstante, en los últimos años esta idea ha tomado fuerza otra vez, y la palabra destino ha vuelto a formar parte de mi lenguaje, y ahora sin complejos.

Mi viaje a la India, en 2009, fui decisivo para que volviera a ganar seguridad en ese ámbito. Sin yo proponérmelo, el periplo por ese país me llevó al ashram de Ramana Maharshi, un hombre de un pueblo del sureste que dedicó su vida a Dios y que logró lo que se conoce como la autorealización, el máximo estado de desarrollo al que una persona puede llegar. Ello se consigue al tomar plena consciencia de que nosotros, al igual que todo en la creación, somos un alma, una expresión de Dios.

Fue en esa comunidad de Ramana Maharshi donde me senté a meditar por primera vez y donde nació en mí un compromiso personal para conocer el verdadero significado de la vida. Como una revelación que todavía no he podido explicar con palabras, me sobrevino la certeza de que ese era el camino que debía de tomar, el único cuyos frutos de aprendizaje iban a ser imperecederos.

Y fue en ese momento de claridad cuando otro hecho se desencadenó: una persona, que se alojaba en aquel ashram, me habló de Paramahansa Yogananda, uno de los maestros espirituales más destacados del siglo XX, y de su libro Autobiografía de un yogui. Lo empecé a leer, pero rápidamente aparqué la lectura al no lograr ninguna comprensión. Sin embargo, una fuerza incomprensible me empujó a no deshacerme de él y, a pesar de su grosor, decidí guardarlo y cargarlo en la mochila durante los 3 meses que duró mi viaje.

3 años más tarde, lo rescaté de la estantería y comencé a pasar sus páginas, ahora, ya sí, llenas de significado e inspiración. El 3 operó por primera vez en mí, o al menos ahí empecé a ser consciente del mensaje de aquel número. Con esa segunda lectura, no solo comprendí lo que la obra transmitía, sino que además despertó en mí la urgencia de alinearme con las leyes espirituales que rigen la vida y de ponerme en manos de un maestro que me las enseñara. Y ahí comenzó la travesía en el desierto; a pesar de haber nacido en mí el deseo de conocer la verdad, no lograba encontrar a nadie que saciara mi sed de conocimiento y de sabiduría.

La vida nos reserva a cada uno nuestro momento, y un momento para cada cosa

Y aún peor: desafortunadamente, algunos falsos profetas se cruzaron en mi camino haciéndome desviar de él. ¿Por qué a pesar de haber leído la Autobiografía, no acudí inmediatamente a un centro de Paramahansa y comencé a recibir sus lecciones? Ahora, con el tiempo, sé que el hecho de distraerme de la meta extravió también gran parte de mi ilusión e inocencia, y que esas pérdidas serían las que años más tarde, me permitirían valorar la importancia de ser una persona íntegra y valiente, y de mantener tu centro siempre, suceda lo que suceda a tu alrededor.

Retroceder algunos pasos, perdernos en el camino a veces es necesario para afianzar en nosotros la voluntad de conocer la verdad y de vivir acorde a sus principios. Puede que Dios no ponga en tu camino a un maestro espiritual o puede que si lo hace rehúyas de sus enseñanzas (como yo lo hice al principio), pero siempre llega el momento en el que comprendes que la felicidad es seguir tu camino. Y cuando te aventuras realmente a él, descubres que éste te lleva, indudablemente, a Dios.

A todos se nos presentan números 3 en la vida, sucesos que en nuestro día a día primero nos informan de algo, nos alertan y que finalmente nos ofrecen una confirmación. Hechos de los que a veces aprendemos, de los que demasiadas veces huimos y que en contados ocasiones (¡la mayoría de las personas necesitamos cadenas consecutivas de muchos 3!) nos llevan a una claridad mental arrolladora, que nos hace arrodillarnos al suelo, despojados de todo, con una actitud de humildad.

No es casualidad que el número 9 (3 veces 3) sea el que cuente los meses del embarazo, y las novenas. Cuando escuchamos a Dios renacemos, y la vida emerge desde una pureza y virtudes que solo la naturaleza del alma atesora en su verdad. Y ese es el momento que siempre, tarde o temprano, llega en la vida.

 

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