Un juego en el que todos ganan

¿Cuándo fue la última vez que jugaste? ¿El recuerdo te lleva a la infancia? O al día de hoy, porque quizás nunca has abandonado a tu niño… La mayoría de nosotros lo hacemos al desterrar de nuestras vidas la espontaneidad, que nos ancla al ahora, a este instante. Jugar no es únicamente territorio de niños, significa también ser una misma y dejar aflorar la creatividad. Y ésta parece relegada a una etapa de la vida que demasiado pronto nos cercena la imaginación. Se puede ser creativo y responsable, imaginativo y realista, e inocente y ostentar valentía a la vez. Todo ello depende de la capacidad para mantenerte en tu centro, para destronar los miedos y evitar que las emociones tomen el control de acciones y pensamientos. El centro es la libertad personal. Y ahí, comienza el juego de la vida.

El juego es una ficha clave en la salud del niño. Le mantiene activo, desarrolla su físico, las emociones (aprende a relacionarse con otros compañeros) y el cerebro. Cuando juega, el hipocampo, una parte de éste, produce nuevas neuronas, activando así la maquinaria de la neurogénsis, nombre que describe esta función. De esta forma, cada vez se van tejiendo más redes neuronales, un terreno fértil para que el niño pueda madurar e integrar con mayor facilidad los aprendizajes que le depara el día a día.

Juegos de niños, juegos de niñas

Esta separación no es un tema baladí. La forma de expresarnos a través del juego responde a factores que heredamos de nuestros ancestros. Y es un pasado que se remonta a miles de millones de años, desde que éramos cuadrúpedos para luego empezar a caminar con la espalda ya erguida. Así, a medida que fuimos evolucionando, también lo hizo la forma de divertirnos. Los árboles fueron primero nuestro terreno de juego (los trepábamos, saltábamos de uno a otro y nos balanceábamos), y luego éste se extendió a toda la sabana, abriéndose ante nosotros un mundo sin fin de posibilidades. Ahí comenzamos a correr y a jugar a escondernos. ¿Os suena de algo? No inventamos nada, ¡las reglas del juego no han cambiado! El pilla-pilla que de pequeños nos entretenía no es más que una reminiscencia de nuestros antepasados, cuyos hábitos todavía perduran hoy.

El pasado nos persigue, y lo hace también en función de nuestro sexo. Éste influye en los juegos que elegimos y en cómo nos desenvolvemos en ellos. La biología marca ciertas tendencias en cada uno de nosotros dependiendo de si hemos nacido hombres o mujeres. En los primeros, predomina más la testosterona, y ello les empuja a competir y a conseguir un impacto social. Mientras que a las mujeres nos influencia la oxitocina, la hormona que nos impulsa a hacer piña para así defendernos del depredador que acecha el poblado cuando éste ha quedado desprotegido de los hombres, que han salido a cazar.

Ambas estrategias “de lucha” pesan, y mucho, en cómo vivimos la infancia. Por ello, no es casualidad que la tendencia que predomina en los niños sea la de optar por juegos de acción, mientras que en nosotras el mundo parece ser un decorado rosa. Y, al margen de excepciones que puedan cambiar las reglas, todo ello parece recordarnos que en el fondo siempre hemos estado ávidos de relacionarnos, de enriquecernos con los matices y de aprender los unos de los otros. Yo soy gracias a ti, y él gracias a nosotros. Es un juego de palabras que cada día reinventamos con una historia nueva que contar.

El juego también nos recuerda que no hay que pasarse de la raya, que la espontaneidad puede ser desatada cuando primero hemos enraizado nuestra libertad. Me atrevo a ser genuina porque me conozco y sé quién soy, y me expreso partiendo siempre del respeto a las otras personas. No todo vale, en el juego, y más si tomamos consciencia de que éste es el terreno en el que el niño construye sus cimientos. Un ejemplo contundente: de los 2 a los 5 años, en nuestro cerebro se “construyen” las autopistas (redes de neuronas) por las que circula la información relacionada con la agresividad. De esta forma, un niño cuyo comportamiento agresivo en la infancia no ha sido encauzado puede convertirse en su adolescencia y con la efervescencia de las hormonas, en una persona violenta. De ahí la importancia de poner límites a aquellos niños y niñas que a esas edades pellizcan de forma agresiva una y otra vez, o que juegan y no miden la fuerza con la que interactúan… En estos casos, reírnos con ellos puede sin duda jugar en nuestra contra.

Otros ejemplos a tener en cuenta: los niños que viven en hogares con violencia de género albergan hasta un 40% más de probabilidades de ser agresivos en su adultez, y muchos de los que han estado víctimas de bullying perpetúan estos abusos a sus compañeros.

No obstante, un dato esperanzador es que a pesar de que la biología juega un papel clave en nuestra conducta, ésta puede ser moldeada por el entorno, por los padres y las madres y la escuela. Formamos parte de una intrincada red de genes de los que heredamos formas de vidas, pero las reglas del juego pueden ser cambiadas si avanzamos un peldaño más y pasamos de andar erguidos a evolucionar en consciencia, siendo nosotros quiénes decidamos y digamos en función de lo que es mejor para todos y cada uno de nosotros.

Raquel Edo y Cristina Aluja (Ilustración y Texto).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 Comments

  • Estoy muy de acuerdo con aquello que dices de como pueden ser las personas creativas, también en que los juegos suelen ser diferentes entre niños y niñas, cosa que hoy va tendiendo a desaparecer por el tipo de educación igualitaria que se va imponiendo en el ámbito educativo, aunque jugar de forma diferente no implica que no se trabajen valores de igualdad en todos los aspecto. Interesante artículo, muy interesante.

  • Muchas gracias, Miguel, por tu comentario… También estoy de acuerdo en que niños y niñas son diferentes (aunque algunos y algunas se empeñen en afirmar lo contrario) y que eso se refleja en las preferencias de los juegos infantiles, en cómo nos expresamos y exploramos el mundo… Y sí, diferencia no significa desigualdad, más bien la riqueza de aceptar la diversidad y de crecer en ella como personas primero y como sociedad. ¡Gracias!

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