Aprender: ¿Cuestión de edad o de Dios?

¿Hay ciertos aprendizajes que sólo podemos aprender a determinadas edades? ¿Nuestro cerebro tiene límites? Existe un consenso unánime dentro del ámbito educativo sobre la importancia de estimular correctamente a los niños y a las niñas de los 0 a los 6 años. A esas edades es cuando el cerebro es más plástico y, por ello, más receptivo a integrar experiencias concretas. La música, la lectura, la escritura, las matemáticas y las relaciones sociales son algunos aprendizajes que los niños asimilan con más facilidad e intensidad si empezamos a introducirlos antes de los siete años. Para comprenderlo es crucial hablar del concepto de sinapsis, puentes entre las neuronas por los que transita cierta información referente a un aprendizaje.

Así, el niño construye uno de estos enlaces cada vez que aprende a reaccionar de una determinada forma ante un estímulo concreto; cuando es consciente de que puede sostenerse sin ayuda al ponerse de pie, al comenzar a dominar el lenguaje, etc. Todos estos vínculos van reforzándose con la práctica, y, de la misma forma, se agrietan y se resquebrajan con el desuso. Un cerebro nutrido de aprendizajes y estímulos en la primera infancia es un terreno fértil donde germinar saberes y habilidades futuras.

Según estas tesis, después de los siete, las probabilidades de integrar cualquier habilidad irían aminorándose ya que el cerebro va siendo cada vez menos plástico. La hipótesis confina nuestro desarrollo al reino de la infancia y nos convierte en cerebros cada vez más vacíos a medida que avanzamos en edad.

Sin embargo, en los últimos años, diferentes informaciones, cuya fuente brota de la sabiduría espiritual, han arrojado luz a una nueva forma de mirar la plasticidad neuronal y su dominio cognitivo.

Así, maestros que han alcanzado un elevado nivel de desarrollo espiritual (como Paramahansa Yogananda o Ramana Maharshi, por nombrar a algunos) postulan que las sinapsis pueden forjarse siempre si desarrollamos nuestra consciencia a través de la meditación

Esta técnica, que en Occidente se ha introducido como el Mindfullness, nos sumerge, poco a poco, en la sabiduría que yace en nuestro interior. En esta andadura espiritual vamos deshaciendo la madeja de neuronas que hilan nuestro ego para tomar consciencia de que en realidad somos un alma, una expresión del espíritu de Dios.

Ambas tesis dibujan horizontes diferentes y, en muchos puntos, irreconciliables. Al mismo tiempo suponen un reto para las nuevas perspectivas educativas que emergen con fuerza como respuesta al apabullante fracaso escolar y a los déficits que se observan en ámbitos como la lectura y escritura.

Ya son muchas las escuelas que van tomando consciencia de que más allá de los estímulos a tempranas edades, es necesario recurrir a metodologías alternativas como la meditación o el yoga. De ellas no sólo aprendemos a expandir nuestra mente, sino que nos transforman a un nivel más profundo, reflejado en el comportamiento, los hábitos y la mirada hacia nosotros mismos y hacia el prójimo.

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